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     Crónicas de L'Ernexto  
   
"Eresmás" río que arroyo


Ayer quedé con el pequeño grupo de Félix en el aparcamiento de "Los Asientos" junto al río Eresma. En verano es una zona muy popular porque tiene río para bañarse y hay merenderos. Demasiado popular quizás. Ahora estaba vacío que es como a mí me gusta, pues la gente en cantidad apreciable me da alergia, dado que por naturaleza soy más bien un solitario y un hurón (esto último no necesariamente lo digo porque tiene impacto y rima con solitario...¿?).  No es que odie a la gente exactamente, lo malo es que suele ir acompañada de ruido, basura, música atronadora y demasiados niños, lo cual no contribuye a mi felicidad.

Curiosamente y en contra de mis principios llegué antes que nadie, de modo que dado mi despiste histórico, rápidamente me asaltó la duda de si no era al día siguiente cuando habíamos quedado. Afortunadamente aparecieron al poco tiempo y se desvanecieron mis dudas.

Observé incrédulo y estupefacto (que siempre es mejor que estúpido), un enorme camino de grava que están haciendo a lo largo del río y a escasos metros de él, entre Los Asientos y La Boca del Asno. Me parece un atropello ambiental. El espacio entre la carretera que va a La Granja y el río, ya es bastante reducido y no veo el sentido de hacer prácticamente otra carretera a la vera del río, cuando ya existen grandes aparcamientos donde dejar los coches. Creo que alguien famoso, como el hermano de Félix, debería hablar con el Rey y conseguir que destituyan a patadas a los responsables implicados.

Sucedió que al principio de la excursión y felizmente también al final de ella, Pedro tenía un hijo que comparte a partes iguales con su augusta esposa, que no es que se llame Augusta, es sólo una forma de hablar. Como consecuencia de una experiencia desafortunada anterior con algún chucho, en la mente del niño mi perra debía de aparecérsele con la forma de un peligroso y horrible cancerbero, aquel perro de tres cabezas que según la leyenda guardaba las puertas del infierno, y lógicamente el niño lloraba, yo también lo habría hecho.

Tratamos por todos los medios de convencer al chaval de que Chufa es casi tan inofensiva como un caracol e igual de silenciosa, considerando su ausencia de ladridos, pero él no podía evitar asustarse al ver a la perra aunque ésta permaneciese inmóvil. Así que en parte la llevaba sujeta y en parte íbamos por delante para que hubiera una cierta distancia. A ratos el niño estaba más tranquilo e incluso logramos que la tocase, aunque no estaba demasiado convencido. Esto, de por sí ya es un triunfo. Yo, a su edad,  le tenía terror a los perros y no la hubiera tocado ni "harto vino" como diría un amigo mío "q'ues mu castizo". Según pasaba el tiempo le notábamos más relajado, sin duda llegará a acostumbrarse y acabarán gustándole los perros al menos tanto como a mí.

Ahora la zona está preciosa, el río baja reventando de agua, entre grandes rocas musgosas y orillas herbosas. Y el sol frente a nosotros como una ducha de luz. Tengo que comprarme una cámara digital cualquier año de estos antes de que se extinga el sol, pues luego las fotos no salen igual.

Muy cerca de un puente de verdad, pasó Félix el río por un tronco pelado, porque habiendo un buen tronco con riesgo de caerse al agua ¿quién necesita puente? Verde de envidia de ver a Félix cruzar el río por el tronco, también quise tener un recuerdo cruzando las procelosas aguas del Orinoco infestado de caimanes, a enorme altura sobre un débil tronco... así que pedí a Miguel que me hiciera una foto. Espero que no le haya temblado el pulso y haya salido.

Después pasamos junto a un precioso puente de piedra de tres ojos, aunque está casi ciego de uno de ellos.

La última parte fue una larguísima cuesta arriba un tanto cansina, hasta llegar a la Fuente de la Reina, que manaba leche y miel como en la tierra prometida de Moisés y allí sentados sobre blandas rocas iniciamos nuestro yantar. Yo tomé una tortilla de salmón que había preparado por la mañana con mis manitas graciosas y Chufa tomó un puñado de piensos compuestos que con mis propias manos había puesto en una bolsa para ella. Félix llevó la bota de vino que contribuyó en buena medida a alegrarnos las entrañas entrañables.

Por cierto, me pregunto si no acabaría harta Graciela, una chica argentina del grupo a la que todos tratábamos de imitar con mayor o menor fortuna, además de Juan un simpático chaval que a lo largo de la jornada demostró su buen humor y sus dotes de imitación de acentos.

A la vuelta, Félix, Juan y yo, decidimos que el paso del grupo era excesivamente lento para nuestras portentosas facultades e iniciamos un largo trote que nos separó media hora del grupo. Es sabido que el nivel intelectual de Félix y el mío compiten ventajosamente con el del ornitorrinco australiano, así que mientras corríamos entonábamos a plena voz canciones hitlerianas que tanto ayudan a llevar el ritmo, así como otras canciones de nuestra nefasta niñez. 

Hoy tengo las piernas un poco doloridas de tanto cantar...

Ernesto Medina (Mayo 2004)


 
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