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La ruta del
Satélite (Gredos)
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José
María Gómez, diciembre 2007
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Tras unas cuantas semanas de barbecho montañero, llevaba algunos
días pensando en una travesía para disfrutar de un otoño que ya pronto
llegaría a su fin, así que se me ocurrió organizar una travesía de
fin de semana y pensé en incluir un vivac aprovechando que habría
luna llena y que las previsiones meteorológicas eran bastante buenas.
Teniendo en cuenta que el viernes estaría ocupado durante todo el
día y el domingo tenía que estar de vuelta a media tarde, necesariamente
tendría que ser algo cerca de casa, así que pensé que lo mejor sería
intentar una travesía por la Sierra de Gredos, saliendo de Madrid
el sábado por la mañana y regresando el domingo al mediodía.
Sin meditarlo demasiado, mi plan era ir en coche hasta Bohoyo subir
por la Garganta hasta la Portilla de Cantos Colorados, tomar la línea
de cumbres hacia el Sureste que llega hasta el Venteadero, bajar a
la Laguna Grande para vivaquear por la zona del Refugio Elola y al
día siguiente subir al Morezón y desde allí, pasando por el Refugio
del Rey y los Campanarios, llegar hasta la Mira y bajar por el Nogal
del Barranco hasta Guisando. Como mi recuerdo era que durante el último
mes el tiempo se había mantenido bastante bueno (salvo dos o tres
días de lluvias a principios de semana), pensé que sería una "calcetinada"
de aproximadamente 18 horas sin complicaciones técnicas. Era además
una ruta que ya había hecho en el verano dos años atrás y que no recordaba
que fuese demasiado problemática.
Según lo previsto, me levanté el sábado temprano para preparar la
mochila. Como no contaba con encontrar mucha nieve, decidí no llevar
crampones ni piolet y así reducir el peso de la mochila. Tampoco cogí
los bastones ya que no suelo usarlos demasiado y acaban convirtiéndose
en una carga inútil. Preferí dejar espacio en la mochila para el saco
de dormir de invierno, porque la noche prometía ser fresca, el cortavientos,
un sobre de caldo de pollo y una lata pequeña de potaje precocinado,
además de algo de chocolate y frutos secos para comer durante la jornada.
El día había amanecido espléndido así que todo auguraba un fin de
semana inolvidable. A eso de las 10:30 estaba por fin saliendo de
Madrid en dirección a Ávila. Al pasar por el puerto de Guadarrama
el termómetro marcaba tan sólo 3 grados, cuestión que no me preocupaba
demasiado, siempre que el cielo estuviese despejado para poder orientarme
sin dificultad. Se veían algunas nubes hacia el Oeste cubriendo las
cumbres, si bien pensé que acabarían desapareciendo a lo largo de
la jornada empujadas por el viento que para esos días sí se esperaba
bastante fuerte. Sin embargo, a medida que me iba acercando a Bohoyo,
veía que la nubosidad se hacía más intensa aunque manteniéndose siempre
a bastante altura.
A las 12:00 estaba en Bohoyo listo para arrancar, pero viendo que
el día estaba soleado y que el río bajaba tan agradable, no pude resistir
la tentación de darme un baño antes de iniciar el trayecto. Así que
entre una cosa y otra no empecé a andar hasta las 13:30. La ruta comienza
por la Senda de la Garganta de Bohoyo (PR AV-16) que, como curiosidad
diré que era el acceso habitual al Circo de Gredos hasta que a mediados
del siglo pasado se construyó la carretera de Hoyos del Espino a la
Plataforma. Por este mismo camino ascendió Miguel de Unamuno al que
él definió "espinazo de Castilla" tal como se puede leer en su artículo
"De vuelta de la cumbre" incluido en su libro "Andanzas y visiones
españolas".
El punto de inicio se encuentra a unos 1.250 metros de altura, junto
al campo de fútbol municipal de Bohoyo. Cualquier lugareño sabrá indicar
cómo llegar hasta allí pero baste decir que hay que coger la salida
del pueblo en dirección a Navamediana y, tras pasar el puente sobre
el río, tomar la primera pista de tierra a la derecha durante unos
400 metros hasta llegar a una valla de piedra con un cartel que ofrece
información de los tiempos y desnivel del camino así como de la flora
y fauna.
La senda es al principio un camino muy ancho y de escasa pendiente
que atraviesa un denso bosque de robles con hojas a medio caer teñidas
con los típicos colores del otoño. Pronto la arboleda se hace menos
espesa y aparece a la derecha el río, que recibe el mismo nombre de
Garganta de Bohoyo, cuyo murmullo nos va a acompañar durante algunas
horas hasta llegar al Refugio del Belesar. Aunque a esta hora el día
está encapotado, todavía confío en que mis pronósticos de mejora se
acaben cumpliendo.
A las 14:15 llego al Refugio La Secá, una antigua cabaña de pastor
que queda a la izquierda del camino. Por esta ruta hay varios chozos
de este estilo que han sido restauradas en los últimos tres años para
servir de alojamiento a los pastores y cualquier otro que pudiera
necesitarlos. Diez minutos después se atraviesan un viejo portalón,
vestigio de alguien que quiso poner puertas al campo con bastante
poco éxito, y a las 14:30 llego al Refugio La Redonda, similar al
anterior y con un corral de piedra a su lado. A la derecha del camino
continúa siempre el río, cada vez más cerca y siempre unos metros
más bajo que el sendero. A medida que va clareando el bosque se puede
ver en toda su amplitud el valle glaciar por el que vamos avanzando,
con montañas poco escarpadas a ambos lados y al fondo las altas cumbres
de Gredos en las que se ve brillar el sol sobre la nieve. Es entonces
cuando pienso que ha nevado más de lo que yo esperaba y me doy cuenta
de lo mal que he hecho en no traerme al menos unos bastones.
A las 14:50 llego a un prado muy amplio con ligera caída hacia la
derecha y una marca del PR al principio. Tiene unos 300 metros de
profundidad y al final se imagina un asta con un cartel. En este tramo
el camino no está tan claro como anteriormente por lo que es importante
recordar que hay que atravesar el prado en diagonal de derecha a izquierda
ya que si se sigue paralelo al río se corre el riesgo de no encontrar
el paso del piornal que hay al fondo. No es que vaya a ser un gran
problema, pero sin duda ahorra dificultades encontrar el paso correcto.
A las 15:30 llego al Refugio El Lanchón. Ya empieza a verse la nieve
entre las piedras y el cielo está bastante más nublado. Hace frío
así que hago una primera parada de cinco minutos para abrigarme y
tomar un poco de pan de higo. Continúo por el camino que cada vez
está menos marcado y llego a las 16:15 a un cartel que indica una
hora y media de distancia al Refugio del Belesar y dos horas a la
Fuente de los Serranos. La nieve ya es abundante, sin duda bastante
más de la que yo esperaba, así que me pongo las polainas y continúo
andando.
Pronto llego a la zona de Los Lanchares donde ya se siente un fuerte
viento y sin duda la temperatura ha bajado bastante. Es un tramo en
el que se atraviesan grandes losas de piedra por las que en primavera
suele correr abundante agua pero que ahora están cubiertas de hielo,
por lo que empiezo a pensar qué hago andando por esos lugares sin
crampones con absoluta seguridad de que la culada es cuestión de tiempo
(y así fue). De aquí en adelante ya no se distingue el camino y resulta
necesario seguir los hitos de piedra que de cuando en cuando marcan
la ruta.
Después de un par de kilómetros quedan atrás los lanchares y el hielo
deja paso a los ventisqueros, ya sin riesgo de caída pero difíciles
de pasar por la acumulación de nieve que se hunde a cada paso. El
río ya se ha congelado y la abundante nieve ahoga los sonidos. Las
nubes encapotan todo el cielo, el viento se ha calmado y parece como
si el tiempo se hubiese detenido. A las 17:25 llego al Refugio del
Belesar, en el lado izquierdo del valle. La última vez que pasé por
aquí hace ya más de dos años, estaba una cuadrilla reconstruyendo
el chozo (tres hombres de Bohoyo y uno de Hoyos del Espino) y lo cierto
es que lo han dejado bastante bien. La magnífica vista de la Hoya
del Belesar y la cascada justo detrás del refugio me hacen pensar
que quizás sea un buen lugar para pasar la noche, pero finalmente
decido seguir adelante dado que sólo he recorrido una pequeña parte
de mi ambicioso plan y calculo que todavía debe quedar al menos una
hora de luz.
Cruzo en diagonal el valle de izquierda a derecha y subo la vertiente
que queda justo enfrente al refugio hasta llegar al Tormal (2.323
metros). Justo al llegar a la cumbre se cuelan entre las nubes los
últimos destellos anaranjados del sol que se esconde ya en el horizonte
extremeño. Me queda todavía media hora de penumbra antes de que llegue
la noche y confío en que me dé tiempo a llegar con algo de luz a la
Portilla de Bohoyo para poder trazar la ruta hacia la Galana, ya que
esta es la zona que peor recuerdo del camino.
Para ir desde el Tormal a la Portilla hay que seguir un muro de piedra
que se extiende a lo largo de la línea de cumbres que separa la Garganta
de Bohoyo a la izquierda y la de Tejea a la derecha. Al pasar por
aquí siempre me he preguntado qué extraña motivación ha llevado a
alguien a construir semejante muro en un lugar tan recóndito. Preguntando
sobre el tema me han dicho que el objetivo es separar los montes vecinales
para que el ganado de un municipio no paste en los campos del municipio
vecino, pero no sé si será cierto.
Voy avanzando junto al muro con una densa niebla, fuerte viento y
abundante nieve en el suelo que ralentizan mucho el paso. Finalmente
el día no ha despejado así que empiezo a dudar de cómo voy a continuar
el camino durante la noche si el cielo está encapotado y no voy a
poder aprovechar el resplandor de la luna llena.
Sobre las siete de la tarde llego a la Portilla de Bohoyo (aprox.
2.400 metros), ya con muy poca luz y sin que la niebla me deje ver
el camino. Realmente no debería haber muchas posibilidades de pérdida
ya que lo que tengo que hacer es seguir la cuerda en dirección Sureste
sin perder altura, dejando a la izquierda el Circo de las Cinco Lagunas
y a la derecha la Garganta de Tejea. El problema es que no recuerdo
exactamente la distancia que tengo que recorrer ni el número de cumbres
que tengo que pasar. Rodeado totalmente de oscuridad y con el gélido
viento pegándome en la cara me viene a la cabeza lo bien que estaría
si me hubiese quedado a dormir en el Refugio del Belesar. Pero bueno,
eso ya no tiene remedio; estoy aquí arriba y tengo que continuar,
así que sigo andando con un montón de dudas y paradas intermitentes
hasta llegar al pie de lo que creo que son los Riscos del Gutre, donde
llego a la conclusión de que la niebla ya no va a despejar en toda
la noche y que con la poca visibilidad que tengo, corro un gran riesgo
de desviarme de la ruta prevista y acabar lejos de mi objetivo. Así
que excavo un poco en la nieve para protegerme del viento y extiendo
la funda de vivac y el saco de dormir, pongo la mochila de almohada,
me quito las botas y me meto dentro lo más rápido posible.
Dentro del saco no hace frío pero el termómetro exterior marca cinco
grados bajo cero y, teniendo en cuenta que todavía son las ocho de
la tarde, a saber a qué temperatura se llegará en la madrugada. Es
difícil describir la sensación de soledad que uno tiene en un entorno
tan inhóspito, y eso que la civilización está relativamente próxima.
No puedo imaginar lo duro que tiene que ser una expedición en el Himalaya
a muchos más metros de altura, mucho más cansado y mucho más expuesto
a todo. Cerrado dentro del saco como una oruga y con el viento silbando
fuera, me acuerdo de que he traído una radio y decido ponerme a escuchar
cualquier programa. ¡Es sorprendente la sensación de compañía!.
De vez en cuando saco la cabeza para ver cómo evoluciona el tiempo,
pero las novedades no son demasiado halagüeñas ya que continúan la
niebla y el viento. Sigo intentando entretenerme con mi programa de
radio hasta que a eso de las 21:15 tengo la sensación de que la noche
está clareando. Saco la cabeza y efectivamente parece que el cielo
empieza a despejarse y todo alrededor se queda iluminado por la luz
plateada de una luna inmensa que asoma en el horizonte, ya bastante
alta. Así que tengo que volver a decidir si me quedo donde estoy o
continúo el camino. Quedarme sólo alargará la incertidumbre ya que
no tengo certeza de que el tiempo vaya a estar despejado al amanecer
y, además, después de una acampada precaria como la que me espera,
probablemente estaré mucho más cansado de lo que puedo estar ahora.
Así que me levanto como un gusano y haciendo un ejercicio de equilibrismo
salgo del saco al tiempo que me intento poner las botas sin pisar
la nieve. Las botas se han quedado totalmente rígidas por el frío
y me resulta muy difícil conseguir meter los pies dentro. Los cordones
están tiesos como alambres. Finalmente consigo recogerlo todo y estoy
listo para continuar la marcha.
Esto ya es otra cosa, resulta increíble la cantidad de luz que hay.
El perfil de la cresta se distingue perfectamente aunque no se pueden
ver los hitos de piedra que marcan la ruta debido a la cantidad de
nieve acumulada. En fin, queda mucho por hacer así que sin más demora
me pongo en marcha y empiezo a subir hacia el primero de los Riscos
del Gutre para salir a la cresta y poder confirmar mi posición y la
ruta a seguir.
La falda de los riscos es un amplio piornal con bastante pendiente
y todo cubierto de nieve muy blanda, por lo que cuesta avanzar. Al
llegar arriba el paisaje es increíble: a mis pies el gran Circo de
las Cinco Lagunas y enfrente el Canchal de la Galana con la Portilla
del Rey a su izquierda. Aquí el viento es bastante fuerte, pues estoy
aproximadamente a unos 2.500 metros de altura y ya no hay cumbres
que me protejan.
Sigo avanzando por la cresta. A pesar del continuo sube y baja, la
nieve está más dura y resulta más fácil caminar, hasta que finalmente
llego a un cortado. Es la Muesca de la Galana y no sé si no hay paso
o si es que no lo veo. La verdad es que no sé cómo lo pasé la otra
vez que estuve por aquí. La cuestión es que prefiero no meterme en
complicadas destrepadas, así que retrocedo unos cuantos de metros
y bajo a la falda para continuar el camino a media altura por una
zona que parece más accesible. Pronto identifico una línea de hitos
que va en esa dirección y decido seguirlos intentando apurar un poco
el paso. Sigue habiendo mucha nieve y continúa estando muy blanda
por lo que me voy hundiendo hasta las rodillas, pero el cielo se ha
quedado completamente despejado y sólo se ven unas pocas nubes en
la zona Cabeza Nevada, en dirección a Navalperal de Tormes.
A las 22:30 estoy pasando al lado de la Galana, cubierta de nieve
y hielo, toda blanca como un merengue. Y a las 22:40 llego al Venteadero
(2.476 metros), que en ese momento está haciendo fiel honor a su nombre.
Al llegar aquí me entra una gran sensación de tranquilidad porque
por esta zona he pasado con más frecuencia y por lo tanto más o menos
sé lo que me espera. Además cuento con poder seguir alguna huella
de gente que haya subido a la Galana desde el Refugio Elola, ya que
ésta es una ruta relativamente frecuentada. Al llegar al gran montón
de piedras que hay en medio del llano del Venteadero, me encuentro
con el inmenso circo de Gredos, flanqueado por todas las grandes cimas:
el Almanzor a la derecha y a continuación todo el Cuchillar de las
Navajas, al final los Tres Hermanitos y a mi izquierda el Ameal de
Pablo y Risco Moreno. Todo cargado de nieve y bañado por la luz apacible
y pálida de la luna.
Pero entre tanta inmensidad, no encuentro el menor indicio de huellas
de bajada al Elola, parece que nadie se ha animado a subir hoy desde
allí. Así que vuelven a empezar las preocupaciones ya que tengo que
abrir huella de bajada por una zona de mucha pendiente cubierta de
abundante nieve virgen y sin contar con piolet ni bastones.
Decido empezar a bajar por la parte que parece tener menor pendiente.
La nieve parece bastante segura aunque tengo que tener cuidado porque
de vez en cuando hay alguna placa dura y si no voy atento puedo pegarme
un buen resbalón. Sigo bajando hasta llegar a un punto en que parece
que hay un cortado, así que decido cruzar hacia la derecha de la pendiente
y pegarme mucho más al Ámela de Pablo. Después de una travesía dura
con abundante nieve polvo, llego a la Canal de los Geógrafos e identifico
una línea de hitos que marcan la ruta de bajada. La canal desciende
por un cañón muy escarpado con un riachuelo en el centro que ahora
está congelado, así que hay que prestar atención para evitar un golpe.
Cuando me doy cuenta, estoy empapado en sudor, realmente está siendo
una bajada dura siempre buscando el siguiente hito para no perder
el camino que me saque de aquel lugar tan poco amigable y con la continua
intranquilidad de llegar a un punto por el que no pueda pasar y que
me obligue a volver a subir.
Finalmente a las 12:15 de la madrugada, después de hora y media bajando,
la pendiente se relaja y encuentro unas huellas que parecen ser de
gente que ha subido desde el Elola al Almanzor por la Portilla de
los Cobardes. Tomo dirección al Refugio y en 30 minutos he llegado.
Hay una paz total, todo el mundo está dormido. Me siento en el banco
que hay en la entrada y dedico un rato a contemplar la maravilla del
Circo y la laguna que ya empieza a helarse. En el cielo una luna inmensa
rodeada de millones de estrellas. Aprovecho para comer algo rápido
y por un momento se me pasa por la cabeza quedarme a dormir allí,
pero al final decido continuar. Desde luego no voy a ir hasta la Mira
porque las condiciones de nieve son muy duras y tengo poco material,
además del cansancio que llevo encima. Así que a la 01:00 me pongo
en marcha otra vez con dirección a la Plataforma. Es una ruta que
estará muy pisada y en un par de horas confío en estar en el aparcamiento.
El camino se hace francamente duro ya que el cansancio acumulado empieza
a hacer mella. A las 02:00 llego a la fuente de los Barrerones, menos
mal que en unos metros empezará ya la bajada. A las 02:30 paso por
la fuente de los Caveros y a las 03:25 llego a la Plataforma, media
hora más tarde de lo que había estimado. Hay unas decenas de coches
en el aparcamiento, probablemente los que dormían plácidamente en
el refugio, porque durante toda mi travesía no he visto ni una sola
tienda de campaña. Aquí ya hay mucha menos nieve pero la temperatura
es de siete grados bajo cero, así que decido continuar andando hasta
Hoyos del Espino. Son 12 kilómetros de pateo por asfalto pero confío
en que la temperatura sea más agradable por allí.
La bajada resulta extremadamente monótona, no pasa ni un solo coche.
En los campos a los lados de la carretera las vacas se asustan al
verme pasar y el lento paso de las señalizaciones de kilometraje que
parece que nunca llegan se convierte en una verdadera lucha interior.
Finalmente a las 05:35 de la madrugada llego a la zona recreativa
del Puente del Duque, a menos de un kilómetro del pueblo y decido
que allí me quedo. Extiendo el saco junto a un pino y saco la lata
de potaje andaluz que tanto me ha motivado durante esos 12 kilómetros
interminables. En 15 minutos está caliente y no dura ni 5 minutos
en el plato. Menuda paliza. Sin más dilaciones me meto en el saco,
sigue haciendo muchísimo frío, el termómetro continúa marcando los
mismos cinco grados bajo cero que cuando nueve horas antes estaba
metido en aquél hoyo de nieve en los Riscos del Gutre, pero ¡menuda
diferencia ahora a diez minutos del pueblo!. Entonces empiezo a pensar
en las intensas horas transcurridas desde que a mediodía del día anterior
había salido de Bohoyo. No creo que mis cavilaciones durasen más de
3 minutos.
A las 10 de la mañana del día siguiente me despertó el ruido de un
camión de basura que había ido a vaciar los contenedores que hay a
la entrada de la zona recreativa. Al lado del saco, estaba mi botella
de agua totalmente congelada y alrededor todo el campo cubierto de
un manto brillante de escarcha, menuda noche de frío ha debido de
hacer y yo ni me he enterado. Parecía como si no hubieran pasado ni
diez minutos desde que en la madrugada anterior había caído agotado.
En un momento de poca lucidez se me ocurrió calentar un poco de leche
y desayunar el pan de higo que me había sobrado del día anterior pero
pronto regresé a mis cabales y decidí ir a uno de los bares del pueblo
y dar buena cuenta de un café con leche y un bocadillo de tortilla.
De camino al prometedor desayuno, llamé a casa para que me fueran
a recoger porque el coche lo había dejado a más de 50 kilómetros de
allí.
Al salir de la cafetería me di cuenta del magnífico día que hacía,
con un sol espléndido y ese frío mañanero típico de finales de noviembre.
Al fondo se veían radiantes las cumbres nevadas de Gredos, como una
postal idílica. ¡Hay que ver desde lejos qué buenos parecemos todos!
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